Cuenta
un amigo a otro:
Anoche, mi esposa y yo estábamos sentados en la sala hablando
de las tantas cosas de la vida. Estábamos hablando de la idea de vivir o morir.
Le dije, "nunca me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de una máquina
y líquidos de una botella. Si me ves en ese estado, desenchufa los artefactos
que me mantienen vivo!"
Ella se levantó, desenchufó la televisión y me
tiró la cerveza.
Que hija de .......
En los días que corren, parecen exacerbados
los artilugios humanos para negar o, al menos, postergar la conciencia de la muerte.
Las cirugías estéticas, las tinturas capilares, los tratamientos rejuvenecedores
venden la ilusión del conjuro de la vejez y, por carácter transitivo, de la muerte.
El ser humano es el único animal que sabe que va a morir y es esa una vivencia
difícilmente tolerable. Los agnósticos adjudicarán a dicha angustia el nacimiento
de las religiones con su conveniente promesa de vidas posteriores; también la
esencia de la filosofía sería ofrecer la ilusión de que se puede anular, por medio
del ordenamiento lógico de las palabras, aquello que pertenece a lo inexplicable.
Puede especularse, asimismo, que el vigor de la ciencia responde al deseo de manipulación
de la naturaleza, pero que su principal objetivo es la vacuna contra
la mortalidad. Conquistando territorios y venciendo a enemigos, cazando
bestias feroces, descubriendo nuevas formas de energía y realizando obras que
prevengan o controlen las amenazas de las fuerzas naturales, por medio del arte,
de la ciencia y de las fiestas, los colectivos humanos se empeñan en garantizar
la victoria de la vida contra la usura de la muerte (F.
Savater, Diccionario filosófico).
La negación de la muerte también
es notoria en
Sigmund Freud, quien privilegió, por ejemplo, la angustia de castración
por sobre la angustia de muerte. El creador del psicoanálisis parece convencido
de que el inconsciente es inaccesible a la representación de nuestra propia muerte,
y que ella sólo asoma en el espejo de la identificación con la muerte de un otro
amado.
San Agustín, en sus Confesiones, narra que su primer contacto con la muerte
fue cuando falleció un amigo muy querido, víctima de lo que llamó la enemiga
crudelísima. Asume, entonces, que todo lo que vive en este mundo debe morir
y que, por lo tanto, es inútil lamentarse.
La posición de los ateos, descreídos
de un más allá, la expresó
Nietzsche en varios textos, protestando de que postular otra vida
es traicionar a esta vida, la única que tenemos. En la misma línea,
Alain
Badiou propone erradicar de la filosofía el motivo de la finitud y aceptar,
con alegría y sin plantear trascendencias, lo que simplemente nos sucede: Aquí
es donde no se nos ha prometido nada excepto la posibilidad de ser fieles a lo
que nos sucede.
Lo cierto es que tememos lo que no conocemos y damos
por sentado que es temible. A ello se resistía Sócrates:
Quizá la muerte sea la mayor bendición del ser humano nadie lo sabe,
y sin embargo todo el mundo le teme como si supiera con absoluta certeza que es
el peor de los males.
Desde cualquier punto que se lo mire, la negación
de la muerte es una empresa condenada al fracaso. Pero asumirla ayuda a darle
un sentido más pleno a la vida, se sea o no religioso.
Martin Buber, en sus Cuentos jasídicos, relata que el rabí Búnam yacía
en su lecho de muerte. A su lado, su esposa sollozaba. ¿Por qué lloras?
le dijo. Dediqué toda mi vida a aprender a morir. Una de las
consecuencias dramáticas de no prepararse para la muerte es el derrumbe psicológico
producido por la certeza o sospecha de sufrir una enfermedad. Eso mismo está en
la base de esa difundida patología moderna que son los devastadores ataques de
pánico.
Volvamos a citar a
San Agustín: Comenzar a vivir en el cuerpo es estar en la muerte.
El hombre no está nunca en la vida, aunque viva en el cuerpo, ya que es más bien
un muriente que un viviente. Ya en sus Epístolas,
Séneca había escrito: No caemos de improviso en la muerte, sino
que procedemos hacia ella paso a paso: morimos cada día. En sus conocidas
Coplas a la muerte de su padre,
Jorge Manrique expresaba el mismo concepto: Recuerde el alma dormida,
/ avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene
la muerte / tan callando.... También
Jorge Luis Borges se ocupó del tema en su poema Recoleta:
La muerte es vida vivida, / la vida es muerte que viene.
La futilidad de negar la muerte está inmejorablemente expresada en una conocida
leyenda de origen persa contada por
Farid al-Din Attar, en la que un siervo muy angustiado le pide a su
amo un caballo veloz para huir hacia Samarkanda. Ante la pregunta de su amo,
le cuenta que ha encontrado a la Muerte en el mercado y ésta le ha hecho una
mueca de amenaza. El señor accede al pedido y, más tarde, cuando baja al mercado,
también se topa con la Muerte. ¿Por qué has asustado a mi siervo?,
le pregunta. No lo he asustado, la mía ha sido una expresión de sorpresa
de encontrarlo aquí porque tenía entendido que teníamos una cita esta noche
en Samarkanda.
Se trata, entonces, de vivir con la conciencia de la propia muerte y lograr
que esta vida que nos ha sido dada tenga un sentido, que justifique nuestra presencia
en el mundo. No es criticable seguir las modas del mercado, que sagazmente se
aprovecha del humano deseo de inmortalidad borrando canas, arrugas y adiposidades,
pero debe entenderse que éstas son señales que nos indican el paso del tiempo
en nuestros cuerpos y, por ende, la mayor proximidad de la muerte. Ello debería
impulsarnos a cumplir con nuestros objetivos y hacer más llevadera la vida para
nosotros y para nuestros prójimos.
El mecanismo más humano para negar la
muerte es la postergación. Es decir, dilatar decisiones, expresiones o placeres
como si el tiempo fuera infinito y nosotros inmortales. Ya habrá tiempo
para todo, suele decirse. Una de las más gravosas consecuencias de esta
argucia es postergar la expresión de nuestros sentimientos a quienes amamos, de
manera que, cuando algún ser querido fallece, nos atormentamos por no haber sabido
decir te quiero, gracias o perdón, a pesar
de las oportunidades que tuvimos para hacerlo. Es que allí, según el mecanismo
de negación, nadie iba a morir. Si usted ha llegado hasta este punto de la lectura
no pierda tiempo y comience a desterrar su avaricia afectiva hoy mismo. El principal
beneficiado será usted mismo.
Una de las perversiones de la vida moderna
es la muerte borrascosa, como la llamó
Phillipe Ariès. Es aquella en que nos extinguimos en ambientes médicos
atravesados de cánulas, conectados a respiradores artificiales, sedados hasta
la inconsciencia, nuestras existencias prolongadas que violentan el ciclo natural,
para satisfacción de una ciencia cuya derrota ante la muerte será, de todas maneras,
inevitable.
Lo contrario es la muerte mansa, la que sobreviene
en el hogar, rodeados de parientes y amigos, confirmatoria de los vínculos
de solidaridad comunitaria y social, prevista con certidumbre y aceptada sin un
miedo mutilador (Daniel
Callahan). Es la muerte que nos permitió a hijos, nietos y bisnietos,
hace pocos días, en torno a su cama, acompañar a Susana, mi madre, hacia el Misterio.
Es la muerte que relata Efrem, el personaje de Pabellón de cancerosos, de Soljenitsin:
No se engreían, no luchaban contra ella ni alardeaban de que no iban a morir
[
]. No daban largas a arreglar sus cosas; se preparaban en silencio y con
tiempo, decidiendo a quién le tocaría la yegua, a quién la potra, y partían con
facilidad, como si se mudaran a otra casa.
Seamos, pues, peregrinos
que dan sentido a su andar por los caminos de la vida sabiendo que, en algún momento,
nos desplomaremos a un costado, y aceptemos que sólo entonces sabremos si allí
todo termina o si es sólo un volver a comenzar. Pero de una u otra manera, si
hemos vivido para bien morir, nuestra existencia estará justificada.
Por
Pacho O Donnell
Para LA NACION (23-junio-2006)
El autor es escritor. Fue
secretario de Cultura de la ciudad de Buenos Aires y de la Nación.